10 de marzo de 2010

Shutter Island (2010)








Aislados en la locura

★☆

Martin Scorsese vuelve a la carga con una película de misterio en la que la demencia es la auténtica protagonista. Se desarrolla en el ambiente lúgubre de un centro psiquiátrico que se encuentra en una isla de la que solamente se puede salir a través de un ferry. Dos federales acuden a este lugar para investigar la extraña desaparición de una de sus pacientes, pero los propios trabajadores no colaboran para esclarecer qué es lo que realmente ocurre. Lo único que resulta evidente es que hay algo extraño que todos conocen y tratan de ocultar a toda costa.

La psiquiatría se convierte en una excusa para realizar un viaje a través de la mente, de los recuerdos y de las emociones ocultas. ¿Vivimos en un mundo artificial basado en la recreación que hace nuestro cerebro de las experiencias anteriormente vividas? También se plantea un interesante debate sobre qué se debe hacer con las personas que resultan ser extremadamente agresivas hacia la sociedad, aunque sin lograr desarrollarlo demasiado. ¿Hasta qué punto es ético apartar el problema a un lugar que no podamos ver?

El sonido en esta obra es, por lo general, poco afortunado. Huyendo de los recursos más tópicos, se opta por que desaparezcan los clásicos efectos en aquellos momentos en los que estamos acostumbrados, como por ejemplo en los más tensos. Al no ser sustituidos por ningún otro elemento, esta arriesgada decisión empobrece el producto final. Por otro lado, la estética sombría que se le otorga a la película consigue crear el entorno cerrado que busca, sin llegar a dañar los ojos del espectador.

El argumento puede llegar a ser desconcertante en algunos momentos, para bien y para mal. A pesar de ser previsible en ocasiones, la enrevesada trama hace que uno solo pueda dibujarse mentalmente un boceto de lo que va a ocurrir a continuación, descubriendo siempre aspectos que escapan de nuestra imaginación. Sin embargo, el final es ciertamente reiterativo, volviendo a mostrarse lo que ya se ha contado antes, y haciéndolo de manera innecesaria. Por ello, los últimos diez minutos podrían desaparecer perfectamente sin que nadie se pregunte qué pasó con ellos. Al fin y al cabo, el metraje de una película puede ser tan flexible como los recuerdos que inconscientemente creamos, conservamos o destruimos.


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