29 de julio de 2010

Cambio de rol

Cada año por estas fechas, la vuelta al trabajo trae consigo el fin de muchas otras cosas. Una de ellas es mi larga barba. Puede parecer algo insignificante, pero en realidad hay mucho más detrás de ella. La noche anterior a mi regreso observo en el espejo a ese hombre huraño de mirada perdida, más moreno que de costumbre. Sabe que su aspecto desaliñado va a desaparecer, y con él su anhelo de libertad, de dejarlo todo y empezar a dedicar su tiempo a tareas más productivas. O al menos más reconfortantes. No se atreve a pedirme que me detenga, que limpie la espuma de mis manos y que tire al suelo la cuchilla. Sabe que todavía no puedo hacerle ese regalo. Resignado, termina por devolverme la melancólica mirada, con el único consuelo de que no es un adiós, sino un hasta pronto. Aunque no le gusta mirar, permanece atento al desarrollo de este ritual, que irremediablemente desembocará en su muerte. De vez en cuando echa un vistazo al agua que arrastra su esencia hacia el desagüe, seguramente para asegurarse de que no quedarán restos que le recuerden. Pero, llegando al final, siempre aparece alguna lágrima de sangre que llora su pérdida. Dejando esta marca de dolor en la toalla, vuelvo a mirar al espejo, ya con la cara seca. No está. En su lugar de nuevo aparece ese otro hombre que, si bien su rostro me resulta más familiar, en realidad es para mí un auténtico desconocido. De nuevo tengo once meses por delante para intentar acercarme a él, para descubrir sus verdaderas motivaciones y entender el porqué de sus actos. Tal vez así, la próxima vez pueda disfrutar durante más tiempo de la compañía de ese ser del que me he despedido esta noche, consiguiendo arrancarle una pequeña sonrisa cada vez que lo mire.


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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola, muy interesante el articulo, saludos desde Chile!

Anónimo dijo...

Saludos, muy interesante el articulo, espero que sigas actualizandolo!

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