5 de enero de 2011

Twelve (2010)


Doce más uno: mala suerte

☆☆☆

Twelve es la droga que se ha puesto de moda en el Upper East Side, barrio adinerado del distrito de Manhattan en Nueva York. El joven White Mike, que comenzó a distribuir marihuana tras la muerte de su madre, no quiere entrar en este negocio. Simplemente se conforma con sentir el control sobre sus clientes, sintiendo cierta superioridad por no caer en las mismas tentaciones que ellos. Eso es lo único que le da fuerzas para continuar con una vida que ha dejado de tener sentido. Eso, y Molly, una amiga de la infancia que desconoce su lado más oscuro.

Pero Twelve tiene un título muy poco acertado, ya que esa nueva droga no llega a ocupar ni siquiera un segundo plano; solo se menciona dos o tres veces en toda la película. La importancia aquí la tiene el desfile de personajes que vienen y van sin dar tiempo a distinguirse los unos de los otros. Todo en general resulta precipitado: desde su presentación, en la que se introduce demasiada información, hasta su voz narrativa, que llena el relato de datos poco relevantes. En la versión original, Kiefer Sutherland es el encargado de prestar su voz para así redundar en la historia.

Uno de los escasos aciertos recae en la construcción de los flashbacks a través de blancas simplificaciones, llegando a crear un ambiente lleno de una pureza más propia de series como A dos metros bajo tierra. El recuerdo de un acontecimiento, generalmente, suele limitarse en la vida real a las acciones principales, olvidando los pequeños detalles. Aunque pueda parecer algo artificial, esta forma representa mejor la imaginación que la que es utilizada normalmente.

Sorprende que las diferencias entre los personajes secundarios que forman un mismo grupo sean casi inexistentes. Por un lado, las chicas de la fiesta comparten su ambición por la popularidad, empleando el sexo y la seducción como herramientas para conseguir cualquier meta. Por otro, los chicos se preocupan por llevar al máximo el lema de "sexo, drogas y Rock & Roll". Las escasas excepciones son marginados, fracasados e inadaptados a ese modo de vida. Excepto White Mike, claro.

Lo más triste de todo es que, en una película sobre un traficante de drogas, la única referencia que se haga a esta rama del crimen recaiga en el traspaso de mercancías: uno da el dinero, el otro devuelve un misterioso paquete. Se echa de menos alguna investigación policiaca sobre este tema, o algo relacionado con los efectos secundarios. Joel Schumacher ha intentado sin éxito llevar la sencillez de Última llamada (2002) desde el interior de aquella cabina a un espacio más abierto, pero la claustrofobia que crea es mayor. Tal vez sea porque la fórmula para hacer esto no incluya el empobrecimiento deliberado del guión.

Estreno en España: 14 de enero de 2011


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