28 de agosto de 2011

La piel que habito (2011)


La nueva piel de Almodóvar



En una sociedad en la que la ciencia avanza más deprisa que la propia moral, resulta necesario establecer ciertos límites sobre lo correcto e incorrecto. Así, la bioética ofrece una constante vigilancia sobre el desarrollo adecuado de cada estudio científico. Pero, ¿qué sucede con las investigaciones personales? ¿Cómo regular los experimentos clandestinos? Conociendo la respuesta, el Doctor Robert Ledgard busca, bajo la complicidad de las paredes de su hogar, perfeccionar la piel humana. Sin embargo, el proyecto es demasiado ambicioso como para aplicarlo simplemente a unos ratones de laboratorio.

El nuevo trabajo de Pedro Almodóvar mantiene la característica huella del director en cada plano. Pero La piel que habito no es una continuación de su estilo anterior, sino más bien una evolución del mismo. Las historias que escribe Almodóvar suelen ser o demasiado alejadas de lo común (La mala educación, Todo sobre mi madre) o demasiado corrientes (Volver, Los abrazos rotos). En esta ocasión se presenta un argumento poco habitual escondido en otro más usual. Para conseguir este efecto, juega con una alteración temporal que dosifica la información, equilibrando una tensión narrativa que se perdería si el relato fuese lineal.

Con respecto al reparto, el director sigue obteniendo mejores resultados de sus actrices que de sus actores. Elena Anaya destaca por encima del propio Antonio Banderas, pese a la poco creíble pelea que ambos mantienen. Marisa Paredes, rostro habitual en sus anteriores filmes, demuestra su veteranía en un papel secundario cuyo único problema es soportar demasiado bagaje dramático, sin que su historia personal se termine de desarrollar.

Sería difícil situar esta película en un solo género cinematográfico. Junto a la clasificación de drama, es necesario añadir un matiz: el de terror. Un ambiente de angustia emana del miedo psicológico creado, pero ya no tanto por las acciones, sino por esa estética de un vestuario tan ortopédico. Es el miedo a la deformación, al deterioro, al irremediable paso del tiempo, y también a la pérdida de la autonomía. Por otro lado, hay algún pequeño momento cómico que concede breves respiros de aire fresco.

En La piel que habito pueden resultar desconcertantes los puntos de giro de su guion. Algunos son tan bruscos que pueden dar la sensación de que la película va a la deriva. Pero, tras una historia tan bien desarrollada, es imperdonable terminar con un final tan simple, sencillo e incluso vulgar. Tal vez hubiera sido preferible cortar y suturar o antes o después, pero no donde se ha practicado la incisión. Así, la cicatriz ha quedado al descubierto, y ni el maquillaje de la música o de los títulos de crédito podrá disimular esa marca.



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3 comentarios:

Anónimo dijo...

Coincido casi en su totalidad contigo. Reconozco en tu crítica muchos de los planteamientos que me vinieron a la cabeza a la salida del cine.

Aburrido de la vida dijo...

No me ha gustado nada la película. Como tu dices es diferente, tan diferente que no parece de Almodóvar. No tiene nada de lo que tienen sus películas más geniales. En una historia que pasan demasiadas cosas, pero a la vez ninguna me acaba de cautivar. La única secuencia que me llenó, es en la que Banderas le da a Anaya los "ensanchadores"

Lorena dijo...

Acabo de leer el artículo y lo único que me apetece es ver la película ahora!!

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