15 de septiembre de 2011

El árbol de la vida (2011)


Las raíces de la existencia



La vida es algo extraordinario, maravilloso. Un cúmulo de casualidades que han desembocado en todo lo que hoy conocemos. Pero, frente a esto, ¿cómo afrontar un duro golpe? ¿Cómo seguir adelante cuando solo se piensa en volver atrás? En la búsqueda del consuelo, retroceder en el tiempo puede ayudar a comprender la dimensión de un problema. Para recordar cómo se ha llegado hasta el presente, el viaje debe iniciarse más allá de donde alcanza la memoria: ha de comenzar en el enigmático origen del propio mundo.

En El árbol de la vida, Terrence Malick agarra de la mano al espectador para juntos realizar un camino desde el principio de los tiempos. Asesorado por científicos, recrea algunos de los momentos clave de la formación del universo y de la tierra. Esta poética secuencia de acontecimientos es un estímulo sensorial que, unido a la música que lo acompaña, supone uno de los momentos más reflexivos de la historia, pese a que la relación que guarda directamente con ella sea escasa. Pero la larga duración de esta parte desagradará notablemente al público que esté menos predispuesto al misticismo de la imagen cinematográfica.

El resto de la película no deja de ser parte de este poema audiovisual. La siempre adecuada música de Alexandre Desplat es acorde a los movimientos que la cámara realiza, empeñándose en perseguir la acción por cada escenario. Los encuadres artísticos contribuyen a que la belleza de esta obra impregne cada fotograma, adquiriendo todavía más fuerza en conjunto.

La historia está repleta de dualidades temáticas, como la ciencia y la religión, el amor y el odio, o la esperanza y la desilusión. Sin embargo, ambas realidades logran convivir sin que ninguna de ellas se anteponga a su contraria, formando parte de una misma verdad. En general, se acerca bastante a algunas posturas adoptadas en La fuente de la vida (Darren Aronofsky, 2006), aunque mientras que aquella buscaba una visión de la humanidad, en esta ocasión se centra en el ser humano como pieza de un conjunto más complejo. Hay que recordar que Brad Pitt estuvo involucrado al principio en el proyecto de Aronofsky como protagonista, pero después decidió abandonarlo.

Precisamente es Brad Pitt quien más destaca en su rol de padre de familia fracasado, añadiendo otro registro a su larga lista. Aunque el reparto cuenta también con Sean Penn, sus contadas apariciones y su leve interpretación deberían apartar su nombre del cartel como actor principal. Jessica Chastain queda en un correcto y modesto segundo plano, dejando así más protagonismo a los jóvenes hijos. Los pequeños son capaces de transmitir la frescura e inocencia de su edad, pero también la espontaneidad del juego o el miedo a la autoridad.

Entre los defectos de esta producción se encontrarían algunas partes demasiado largas o abstractas. Aunque son necesarias para el desarrollo y por lo general funcionan, causan cierto aburrimiento que sí es prescindible, algo que se solucionaría con la utilización de un sumario que resumiese las acciones menos importantes. Otro dudoso acierto es el desenlace tan abierto como ambiguo, sin apenas una pista que sirva para satisfacer a la curiosidad generada por la historia.

En resumen, El árbol de la vida es una película agradable de ver, pero a la que hay que enfrentarse con el cuerpo y la mente descansados. De no ser así, se corre el riesgo de no disfrutar de los pequeños detalles que contiene, algo que constantemente suele suceder con la propia vida y que hace que transcurra más rápidamente.



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1 comentarios:

Charlyw72 dijo...

Después de ver la delgada línea roja este director pasó a ser para mí persona non grata. Antes de ver otra película de el me saco una muela sin anestesia

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