8 de mayo de 2017

Las chicas del cable – Temporada 1 (2017)


Al otro lado de la línea

 

La primera serie española que ve la luz en Netflix arranca con un irrelevante asesinato y una extraña misión con la que evitar responsabilidades. Hombres y mujeres visten trajes y sombreros de diseño que no ocultan sus sencillas aspiraciones. Es el Madrid de 1928, un lugar y un tiempo retratados desde un punto de vista tan actual que señala aspectos de la vida que entonces hubiesen resultado poco destacables.

En una sociedad tan abiertamente machista, el hecho de ser mujer y trabajar para que la estabilidad económica no dependa de encontrar un "buen marido" –entiéndase como tal aquél que pueda mantener una familia, sin importar otros aspectos como si es cariñoso o no– resulta toda una osadía. Nadar a contracorriente nunca ha sido ni es fácil, como les ocurre a estas operadoras telefónicas.

Los títulos de crédito iniciales suponen toda una declaración de intenciones. Al igual que ocurre en muchas otras series originales de esta plataforma, la sencillez de sus imágenes icónicas plantea un marco en el que varios objetos dan pistas del ambiente en el que se desarrolla la historia. Al igual que en el resto de cada capítulo, la música de su banda sonora le otorga al relato cierta potencia en su ritmo. Sin embargo, las canciones desentonan por su completo anacronismo con una serie de época como ésta, haciendo que se acerque más a un enfoque hipster que a cualquier parecido con la realidad de la España de preguerra.

La interpretación de las actrices, alma de Las chicas del cable, es aceptable, sin más. Con la excepción de Ana Polvorosa, quien no termina de encajar con la supuesta edad de su personaje. Pero todavía más desacertado ha sido el casting masculino. Especialmente Martiño Rivas, a quien el traje de directivo le queda demasiado embutido en un cuerpo de gimnasio más propio del siglo XXI que de los años 20 del siglo pasado.

La impresión que deja esta primera temporada no es demasiado positiva. Los diálogos tan artificiales hacen que parezca que estamos ante un mal culebrón de sobremesa, con grandes similitudes a producciones como Velvet, y no ante una serie con proyección internacional. De hecho, sus cliffhangers son tan básicos y predecibles que, en lugar de enganchar al espectador, llegan a producir vergüenza ajena. Todo ello hasta llegar a un desenlace final que no es que penda de un hilo o de un cable telefónico, sino que directamente dan ganas de ahorcarse con él antes de que nuestras telefonistas conecten nuestra línea con la de otro nuevo capítulo.


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